
James Bonachea (Sancti Spiritus, Cuba, 1977)
Orden público, 2009
Parque de la Democracia
Centro de Lima
Mediante una discreta intervención en un grupo de elementos del espacio urbano, Bonachea activa un agudo proceso de reflexión sobre la historia local y los códigos de la señalética social. Las veintisiete farolas ubicadas en el Parque de la Democracia, elementos que cumplen una función utilitaria y decorativa a la vez, han sido transformadas por el artista en objetos de impacto simbólico y estético. Las habituales luces de alumbrado público han sido reemplazadas por luces tipo torretas giratorias, similares a las utilizadas por carros de policía y otros vehículos de emergencia. Esta simple transformación provoca en el espectador una sensación de alarma o tensión asociada al impacto psicológico de un código visual presente en el funcionamiento cotidiano de la sociedad.
Orden Público hace un comentario sobre los efectos de este tipo de códigos al tiempo que establece un nexo histórico con el Parque de la Democracia, sin embargo se aleja intencionalmente del concepto tradicional de memorial o monumento conmemorativo que altera de manera permanente el paisaje urbano. La obra convierte temporalmente un espacio o escenario histórico en una zona de reflexión social.
Parque de la Democracia
El Parque de la Democracia (o Plaza de la Nación) ocupa el espacio donde por 31 años se levantó el antiguo local central del Banco de la Nación. El edificio, que hasta julio de 2000 fue la sede principal de esa institución, abrió puertas el 3 de octubre de 1969 para albergar una actividad económica de intensa agitación diaria realizando alrededor de 250 mil operaciones comerciales al mes.
Hacia finales de julio del año 2000, durante la Marcha de los Cuatro Suyos, un desbande masivo popular provocó el ataque a importantes lugares públicos y privados del centro de Lima. El edificio del Banco de la Nación fue incendiado, provocando víctimas fatales además del colapso de la armazón metálica del edificio debido a las altas temperaturas. El 27 de abril de 2005, la Municipalidad Metropolitana de Lima declaró el edificio en ruinas y ordenó su demolición. La referida entidad bancaria encargó la construcción en el lugar de un espacio de encuentro público, creándose la Plaza de la Nación, que luego sería conocida como el Parque de la Democracia, en donde se levanta una estela de piedra negra con la inscripción: ¡Nunca más!

La fachada de un edificio es más que una simple estructura que divide su interior del exterior, es una membrana que contiene su historia y lo que representa en el imaginario de los habitantes de una ciudad. En un gesto que alude a diversos proyectos de modernización urbana -que incluyen, por un lado, una intensa labor de recuperación de edificios históricos que buscan generar una nueva conciencia del presente de una ciudad; y por otro, proyectos que destruyen edificaciones antiguas para construir nuevos complejos habitacionales o comerciales- Nakamura propone la desaparición temporal de la fachada del Teatro Colón, edificio icónico del centro de Lima que ha permanecido cerrado al público desde el 2003.
La intervención de la artista consiste en empapelar la fachada del Teatro Colón con una imagen de su interior dando la impresión de que la fachada hubiese sido retirada. Al “eliminar” esta fachada, la artista expone no sólo su interior sino sus numerosas historias y recuerdos, señalando el carácter de un edificio que existe más en la memoria que en la actualidad. Por último, en un gesto inspirado en un cuento de JulioCortázar, la fachada que desaparece visualmente de la Plaza San Martín aparece en el interior de la sala de exposiciones del Centro Fundación Telefónica, creando un extraño desplazamiento imaginario que vincula ambas localidades y sus públicos.
Teatro Colón
El Teatro Colón se construyó en 1911 y cerró sus puertas en el 2003. Su larga historia lo convierte en uno de los edificios emblemáticos del “afrancesamiento” de la arquitectura peruana, así como mudo testigo de los cambios y transformaciones de esta zona de la ciudad. Desde épocas coloniales y republicanas el terreno tuvo diversos dueños. Hacia 1911 uno de ellos, el señor Francisco de Oliva, es quien vende el terreno a la Empresa de Teatros y Cinemas Ltda., donde el 18 de enero de 1914 se construye el Colón.
Diseñado por el francés Jean Claude Antoine Sahut Laurent, el mismo arquitecto de importantes zonas del actual Palacio de Gobierno y diseñador del Parque de la Reserva, fue declarado Monumento Nacional en 1972 y forma parte del Patrimonio Cultural Inmueble de la Nación. Durante a primera mitad del siglo XX, fue uno de los teatros más activos de Lima. Sin embargo, hacia los años 70 comenzó a decaer su actividad, y durante los años 80 el deterioro de la seguridad ciudadana en el Centro Histórico de Lima terminaron por menoscabar su presencia. En los últimos tiempos el Teatro Colón se convirtió en una de las más reputadas salas de películas pornográficas en Lima, cerrando puertas en 2003 por deudas acumuladas. Tras permanecer tapiado por orden municipal, es subastado un año después. En 2007 se inicia su restauración con el fin de convertirlo en centro cultural.
Edificio de la Compañía Peruana de Teléfonos
Desde 1947, este edificio ha sido el centro de las telecomunicaciones en Lima. Construido por el arquitecto José Álvarez Calderón y la reconocida constructora R. Vargas Prada y G. Payet, este complejo es resultado de un período de bonanza y crecimiento urbano impulsado por el Estado. El inmueble, ideado como el nuevo local central de la Compañía Peruana de Teléfonos fundada en 1920, respondía a la necesidad de atender a un número creciente de usuarios que obligaba al servicio a adecuarse a las necesidades de comunicación.
Con la masificación del servicio e iniciada la década de 1970, el Gobierno del General Juan Velasco Alvarado estatiza la compañía y cede el manejo de sus funciones a la recién creada ENTEL Perú. Para 1980 la creciente demanda sobrepasó las posibilidades de la empresa y el edificio de La Colmena se vuelve escenario de interminables colas de usuarios buscando realizar trámites en este único y central local. Hacia 1993 las diversas empresas que componen la Compañía Peruana de Teléfonos se fusionan adoptando el nombre de Telefónica del Perú, empresa multinacional española que ha implementado una etapa de modernización y reestructuración de los servicios de comunicación en el país.

En un esfuerzo por unificar temporalmente el nivel simbólico en que se ubican los próceres de la patria y aquel en el que se mueve cotidianamente la población que los rememora, Francisca Sánchez construye una plataforma en torno a la escultura de José de San Martín que permite homologar el espacio por el que circulan los héroes con el de los transeúntes de la plaza.
Yo y San Martín ofrece al espectador la oportunidad de subir por esta estructura para ubicarse al mismo nivel que San Martín, compartiendo por un momento el mismo espacio simbólico, o bien, eliminando las distinciones marcadas por la historia. La obra de Sánchez permitirá al público redimensionar la escala de la escultura del libertador y compararla con la escala propia, al tiempo de disfrutar de la misma vista desde donde domina San Martín perennemente, modificando por un momento la manera de aproximarse a esta escultura: en lugar de ver la suela de las botas del héroe, el visitante alcanza ahora una mirada horizontal y democrática.
Plaza San Martín
La Plaza San Martín se levanta como el punto medio de un tejido urbano que une espacios públicos de vital importancia, siendo desde tiempos prehispánicos un importante cruce de caminos entre la costa y la sierra. A poco de fundada la ciudad, en el siglo XVI, se ubicaban ya complejos religiosos como el Convento San Juan de Dios y el de La Encarnación y la primitiva génesis de futuras plazuelas que tomarán forma durante la República, entre ellas la Plaza de Zela y la Plaza Micheo.
Con motivo de las celebraciones del Centenario de la Independencia Peruana en 1921, el gobierno del presidente Augusto B. Leguía –propulsor de la llamada belle époque nacional– inauguró esta plaza nombrada en homenaje al general José de San Martín. No fue difícil elegir el escenario, pues alrededor ya se ubicaban dos nuevos e importantes locales estilo art noveau: el Teatro Colón, construido por Claude Sahut, y el edificio Giacoletti, obra de los hermanos Maspero con planos de los arquitectos Jacobo López Castilla y Alejandro Garland. El trazado, diseño y planos de la ornamentación fueron obra del arquitecto español Manuel Piqueras Cotolí. El monumento al General San Martín es obra del español Mariano Benlliure y Gil. Al respecto un mito urbano circuló por Lima durante muchos años: se decía que la efigie ubicada al frente del conjunto y coronada por una llama “nativa” debió realmente lucir una llama “votiva”. Sin embargo, Benlliure colocó cornucopias a cada lado, así como hojas de quina junto al camélido: los tres elementos del escudo patrio peruano. Una sutil alegoría del escultor que desmiente el mito urbano.